La gente cree que "leer es leer", sin importar el soporte pero el soporte configura la atención y genera curiosidad inmediata. Es el rumbo que se percibe en los últimos años. Las investigaciones plantean una paradoja en la actualidad que indica que la tecnología no mató la lectura, sino que la sobrecargó y reconfiguró: consumimos un volumen gigantesco de palabras al día, pero en un formato hiperfragmentado que nos cuesta procesar como aprendizaje profundo.

Si se mide por la cantidad de palabras que pasan por los ojos al día (artículos, redes sociales, noticias, correos, foros), el formato digital gana por amplio margen. Sin embargo, en lectura profunda y libros, el papel sigue superando al libro electrónico (e-book): en la mayoría de los mercados globales, entre el 65% y el 75% de las ventas de libros corresponden al formato físico.

Pero también el fenómeno de la lectura híbrida gana terreno, ya que los lectores actuales no eligen un solo bando; utiliza el formato digital para lecturas rápidas, consulta o viajes, y reserva el papel para lecturas extensas, de estudio o de ocio profundo.

Si el formato físico no es superado es por una cuestión de aprendizaje, no por una mera resistencia romántica contra la tecnología. El soporte influye en la comprensión, en la atención y en la memoria. 

Según un estudio de la Universidad de Tokio estableció que al leer en papel, el cerebro parece necesitar menos esfuerzo para organizar, recordar e integrar la información después. Entonces, las personas que siguen leyendo libros en papel no son antiguas, tienen un cerebro que prefiere recordar todo mejor.

Complementos

La paradoja demuestra que no son formatos enemigos, sino complementarios: el digital nos da velocidad y alcance; el papel nos da pausa y profundidad. Ante la aparición de la tecnología digital, vale ponerla como vector en la acción de leer. Lo que se pierde con una lectura no física es la comprensión profunda porque el papel proporciona pistas hápticas (relacionadas con el tacto y el contacto físico) y espaciales (el grosor de las páginas a cada lado, la posición física del párrafo). En pantalla, en cambio el texto "flota", lo que dificulta al cerebro construir una ubicación espacial del contenido y reduce la retención a largo plazo.

Si bien con uno u otro formato habrá fatiga cognitiva, una lectura digital la genera más temprano cuando se intenta leer un texto largo y complejo. Es más difícil también controlar las distracciones por la presencia de hipervínculos, notificaciones y la tentación de cambiar de pestaña.

La accesibilidad e inmediatez, es una de las facetas positivas de lo no físico. Los dispositivos tecnológicos dan la posibilidad de almacenar miles de libros, ajustar el tamaño de fuente para personas con baja visión y acceder a diccionarios o traducciones al instante. Para la investigación académica, la localización de datos específicos mediante comandos de búsqueda o la categorización de notas guardadas es inmensamente superior en el formato digital. El impacto logístico se ve reflejado en la reducción de costos de producción, distribución y almacenamiento físico.

Otra razón

La Generación Z no solo sigue leyendo, sino que además muestra una preferencia sostenida por los libros impresos, según un estudio reciente sobre hábitos de lectura de los nacidos entre 1997 y 2012. La Generación Z quiere “desconectarse” un poco es la conclusión a la que llegaron los científicos. 

Un estudio publicado por la Cambridge University Press, analizó encuestas nacionales realizadas en 2020, 2022 y 2025. Según las estadísticas, el papel conserva un atractivo fuerte en la lectura multimodal, es decir, la que alterna soportes y contextos para una misma obra o para distintos textos. No es que las generaciones presentes dejen de leer, sino que hay que ajustar las mediciones ante la irrupción de los formatos nuevos.

En la investigación japonesa se indica que el 66% de la Generación Z se identifica como lectora, 14 puntos porcentuales más que en 2022. A la vez, señala que el 65% leyó al menos un libro impreso en los 12 meses previos, un resultado que contradice la idea de que el papel quedó relegado entre quienes crecieron conectados. 

Una parte de esa inclinación puede vincularse con la búsqueda de una pausa frente a la hiperconexión. Según los datos, el libro físico ofrece una experiencia menos atravesada por notificaciones, seguimiento automático y estímulos constantes. En lugar de un rechazo de lo digital como medio de lectura, lo que aparece es una convivencia entre formatos con funciones distintas.